Javier, 52 años, Valencia
A los 52 años, Javier se encontró viviendo solo por primera vez en décadas. Tras 25 años de matrimonio, un divorcio relativamente amistoso y dos hijos adolescentes que viven con él solo algunos días a la semana, la casa se le hacía demasiado grande… y demasiado silenciosa.
Los primeros meses fueron confusos. Las tareas domésticas, que antes apenas notaba, se convirtieron en un reto: aprender a cocinar algo más que pasta y ensaladas, gestionar las facturas sin ayuda, y sobre todo llenar los silencios de los domingos por la tarde.
“Lo más difícil no era estar solo, sino acostumbrarme a no tener a nadie que me preguntara cómo había ido el día”, cuenta Javier.
Al principio intentó llenar su agenda con actividades: reuniones con amigos, cenas familiares, incluso citas rápidas a través de apps. Pero todo le resultaba forzado. Fue en una de esas noches sin plan cuando decidió dar un paseo por la playa, cerca de su casa en Valencia. Solo él, la arena fría y el rumor del mar. Y, por primera vez, no sintió ansiedad. Sintió calma.
Poco a poco, Javier empezó a encontrar un equilibrio. Se apuntó a un grupo de senderismo para conocer gente nueva. Redescubrió el placer de leer sin interrupciones. Y se animó a viajar con una agencia especializada en escapadas para singles, algo que al principio le parecía “de perdedores” y terminó siendo una de las mejores experiencias de su vida.
“Conocí a gente en mi misma situación. Personas con historias increíbles, algunas tristes, otras inspiradoras. Volví sintiéndome acompañado y con ganas de seguir explorando”.
Hoy, Javier dice que no busca pareja, aunque no la descarta. “He aprendido a disfrutar de mi tiempo. Si alguien llega y encaja en mi vida, bien. Si no, también está bien”.
Su piso, antes frío y vacío, ahora tiene plantas, una estantería nueva y fotografías de sus excursiones. “No se trata de estar solo o acompañado, sino de estar en paz con quien eres”, dice con una sonrisa.


